Para este mes de la madre, quiero compartirles un artículo que escribí hace 12 años, pero que sigue teniendo la misma importancia y relevancia de entonces, porque toca dos de los principales miedos en toda mamá: la culpabilidad y la gran duda de saber si realmente lo estamos haciendo bien.

Espero que les guste y les deje muchas sensaciones positivas.

Llegué a mi casa como siempre, después de las 6 p.m., cansada luego de un largo día de trabajo. Sobre la mesa de la cocina me encontré una pequeña libretita y un lápiz. Al abrirla, me di cuenta de que era de mi hijo menor, de tan solo 6 años, quien ya, con algo de dificultad, empezaba a escribir.

En el apartado del nombre decía claramente “Juan Carlos”, y más abajo, en el espacio designado “a quién llamar en caso de emergencia”, escribió “agüelos” y los números de teléfono de ellos.

Extrañada, llamé a mi pequeño y, con la dulzura de cualquier madre, le pregunté por qué puso a sus abuelos para que los llamaran, antes que a mí, en caso de emergencia, y su respuesta fue tan directa como su inocente mirada: “¡Diay, mami!, porque vos siempre estás trabajando”.

No puedo expresar aquí con palabras exactas lo que sentí. Fue una estaca justa y directa al corazón.

Estoy segura de que mis hijos saben que son lo más importante en mi vida y que si trabajo tanto es porque lo necesitamos para tener dónde vivir, qué comer y hasta para pagar su educación para el futuro, pero luego de escuchar esa frase lo único que pensé fue: ¿de verdad lo estaré haciendo bien?, ¿valdrá la pena tanto sacrificio de tiempo en un trabajo que me encanta, pero que me aleja de disfrutar de más tiempo con mis hijos?

Bueno, a pesar del difícil trago en ese momento, creo y mantengo mi posición de que sí, por muy duro que parezca.

Yo soy una más de las cientos de miles de mujeres jefas de hogar en este país que tenemos que esforzarnos por ser madres, trabajadoras, enfermeras, psicólogas, amas de casa, cocineras, maestras, administradoras y multiplicadoras de las finanzas, etc., etc., etc. Todo al mismo tiempo y sin la ayuda de nadie.

Y lo digo, de verdad, con mucho orgullo, porque hay que ser muy fuerte y valiente para sacar adelante así a una familia. ¿Es difícil? Sí, es muy difícil. Quien viva esta situación y diga que no, miente; pero las satisfacciones que uno espera cosechar y las alegrías que se comparten con los hijos no tienen precio.

Yo, por ejemplo, creo que Dios me ha enviado miles de bendiciones, empezando por mis chicos, que son mi hogar y mi vida; pasando por mi familia, la viga que me sostiene; también mi trabajo, que es la chispa que enciende mis capacidades y me permite crecer como profesional y como persona; así como mis amigos, que son luz cuando la oscuridad me abraza. Entonces, ¿de qué me podría quejar?

Juanca, tal vez no entendás en este momento porqué mami trabaja tanto, pero cuando me necesités, no importa dónde esté ni qué esté haciendo, moveré cielo y tierra para estar a tu lado e intentaré, hasta donde Dios me dé fuerzas, no fallarte nunca, ni a vos ni a tus hermanos.

Mamás, por favor, no más culpas ni reclamos a nosotras mismas. ¡Sí, somos madres trabajadoras, pero no por eso menos madres!

Que nadie me juzgue, que nadie me señale, soy mamá por convicción y eso nadie me lo sacará nunca del corazón.

PD: Juan Carlos hoy en día tiene 18 años, es estudiante de Terapia Física en la Universidad de Costa Rica y es un joven educado, atento, inteligente, con gran liderazgo, deportista, de sentimientos nobles y valores muy positivos y, efectivamente, con el pasar del tiempo, Dios me ha dicho a su manera que lo he hecho bien.

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